A Ramón Rubial le hubiera sido más difícil su activismo político clandestino si no hubiera contado con la imprescindible colaboración de su mujer, Emilia Cachorro. Si a primera vista destacó por el apoyo moral en su lucha, sería una falta de respeto si no se la categorizara como una pieza clave en el engranaje clandestino.
La casa de Erandio fue un auténtico almacén de información subversiva controlado sigilosamente por Emilia. Además, Emilia se hizo con una máquina de escribir Olivetti, con la que se pasaba noches mecanografiando las directrices y comunicaciones para el partido socialista que emanaban de la mente de Ramón.
Una mujer luchadora, que en numerosas veces se vio sola ante el peligro y no se rindió; trabajando en la penumbra, contribuyó a fortalecer a una organización socialista dispersada.